domingo, 3 de enero de 2010
Monstruito Inconciencia
No escribo nada porque tengo un monstruito adentro que no deja que se escapen los sentimientos. Cada vez que éstos quieren salir de mi cuerpo el bicho se encarga de tensar los músculos de mis dedos hasta que se acalambren y de apagar cualquier fuego pasional con lágrimas. Pero es mi deber aclarar que aún a pesar de estas dificultades mi relación con él es, dentro de todo, buena. Todas las noches al acostarnos, cuando estamos dentro de la privacidad de la noche combinada con mis sábanas,charlamos acerca de lo que me pasa y cómo me siento. El monstruo es un ser comprensivo. Y cuando no estoy de humor como para que me abra el abdomen y revuelva mis tripas, simplemente se recuesta en mi sien y, mientras acaricia dulcemente el lóbulo de mi oreja con sus diminutas manos, me susurra historias de amor que yo y los personajes más hermosos protagonizamos.
Uno de los problemas que hacen que la relación yo-monstruo no sea perfecta es Federica, mi gaita. Creo que no le cae muy bien. Siempre busca alguna excusa para que no la toque, y es un monstruito tan persuasivo que me ha convencido varias veces de hacer las cosas más desagradables en lugar de acariciar a mi instrumento. Algunas veces logré mandarlo a callar, pero fueron las menos. De todas maneras confío en que algún día lo voy a encariñar otra vez con el sonido de Federica.
Al contrario de lo que pasa con ella, con Graham Mellor, mi acordeón, el monstruito pareciera llevarse mucho mejor. Noto una pícara complicidad entre ellos dos, parecida a la que hay entre el tendero de un bar y un borracho que acaba de vomitar todos sus sucios secretos. Creo incluso que el monstruo tiene una mejor relación con Graham que yo.
En fin, la relación que tengo yo con el monstruito es muy parecida a la que tienen los hermanos: a veces se pelean a muerte con lanzas que duplican el tamaño de un hombre y otras veces se demuestran mutuamente el cariño de las formas más tiernas y humillante (porque... ¿qué es el amor sino humillante?).
También se parece a la relación que se podría llegar a tener con un policía encargado del área sentimental del ser. Un oficial que controle estrictamente mis emociones y cualquier demostración de estas cuando estamos en presencia de terceros que nos observan. Esto está bueno sólo ocasionalmente. Nunca me gustó la ortodoxia ni mucho menos la hipocresía, pero este es un monstruito con mucha soberanía sobre mí.
También sucede en algunas ocasiones que él pasa a ser un detalle que casi no percibo. Cuando el gran y negro pizarrón de la rutina acapara toda mi atención, el monstruo pasa a ser un pupitre más dentro del aula que es mi vida, donde nadie posa sus posaderas. Y sólo noto su vaga presencia durante los recreos, cuando, hostigada por un salvajismo innato y duro de domar, lo revoleo y lo utilizo para hacer escándalo, ruido y payasadas maliciosas. Lo humillo y me río sobre sus cuatro narices, como si fuera un mito que él estará listo para sostenerme cuando todo vuelva a tranquilizarse, esté cansada y quiera posar mis posaderas en algún lugar.
En conclusión, tengo mucho que agradecer y mucho que reprochar al monstruito. Pero a fin de cuentas es parte de mí, un miembro más, y no puedo (ni quiero) mutilarlo. Simplemente lo dejo donde está, lo cuido y confío en que toda aspereza puede ser eliminada por la gran lija que es el tiempo.
Uno de los problemas que hacen que la relación yo-monstruo no sea perfecta es Federica, mi gaita. Creo que no le cae muy bien. Siempre busca alguna excusa para que no la toque, y es un monstruito tan persuasivo que me ha convencido varias veces de hacer las cosas más desagradables en lugar de acariciar a mi instrumento. Algunas veces logré mandarlo a callar, pero fueron las menos. De todas maneras confío en que algún día lo voy a encariñar otra vez con el sonido de Federica.
Al contrario de lo que pasa con ella, con Graham Mellor, mi acordeón, el monstruito pareciera llevarse mucho mejor. Noto una pícara complicidad entre ellos dos, parecida a la que hay entre el tendero de un bar y un borracho que acaba de vomitar todos sus sucios secretos. Creo incluso que el monstruo tiene una mejor relación con Graham que yo.
En fin, la relación que tengo yo con el monstruito es muy parecida a la que tienen los hermanos: a veces se pelean a muerte con lanzas que duplican el tamaño de un hombre y otras veces se demuestran mutuamente el cariño de las formas más tiernas y humillante (porque... ¿qué es el amor sino humillante?).
También se parece a la relación que se podría llegar a tener con un policía encargado del área sentimental del ser. Un oficial que controle estrictamente mis emociones y cualquier demostración de estas cuando estamos en presencia de terceros que nos observan. Esto está bueno sólo ocasionalmente. Nunca me gustó la ortodoxia ni mucho menos la hipocresía, pero este es un monstruito con mucha soberanía sobre mí.
También sucede en algunas ocasiones que él pasa a ser un detalle que casi no percibo. Cuando el gran y negro pizarrón de la rutina acapara toda mi atención, el monstruo pasa a ser un pupitre más dentro del aula que es mi vida, donde nadie posa sus posaderas. Y sólo noto su vaga presencia durante los recreos, cuando, hostigada por un salvajismo innato y duro de domar, lo revoleo y lo utilizo para hacer escándalo, ruido y payasadas maliciosas. Lo humillo y me río sobre sus cuatro narices, como si fuera un mito que él estará listo para sostenerme cuando todo vuelva a tranquilizarse, esté cansada y quiera posar mis posaderas en algún lugar.
En conclusión, tengo mucho que agradecer y mucho que reprochar al monstruito. Pero a fin de cuentas es parte de mí, un miembro más, y no puedo (ni quiero) mutilarlo. Simplemente lo dejo donde está, lo cuido y confío en que toda aspereza puede ser eliminada por la gran lija que es el tiempo.
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1 comentario:
tha is.
profunda.
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