jueves, 9 de diciembre de 2010

Teatro

- Camila, dime qué ocultas…
Ay, Severino. Si supieras…
- Nada, por Dios, Alberto. ¿Por qué no me crees?
No, no me creas, este personaje no tiene nada que ver conmigo. Este personaje no me sirve para nada. Sólo para sudar. Los focos y este pesado traje colonial tarde o temprano van a hacer que me desmaye. Y si no son los focos y el traje colonial… va a ser la presión.
- Pensé que me amabas…
Sí, sí que te amo, Severino. Y lo gritaría ahora mismo si no corriera el riesgo de perder el trabajo. Conseguir este papel me costó mucho. Ahora sólo quisiera librarme de él.
- Alberto, no… malinterpretaste las cosas.
¿Malinterpretaste? Puede que Alberto haya malinterpretado, pero no vos, Severino. Vos ni siquiera interpretas nada, más allá de tus personajes. El resto de las cosas te atraviesan como si fueras agua. ¿Realmente pensaste que te acompañé hasta tu casa porque me gusta caminar? ¿Las horas que pasé ensayando con vos eran simple solidaridad? A veces siento como si hubieras nacido ayer.
- ¡Yo sí te amo!
El escenario parece ensancharse, el público se aleja cada vez más. Me siento como en un sueño.  ¿Cómo me sentiría si en vez de decirle eso a Camila me lo dijeras realmente a mí? No como Alberto sino como Severino. Pero, no, no. Ahora tengo que hacer de Camila…
- Lo siento mucho… pero yo… no…
¿Por qué no me toco hacer de una mujer apasionada, que caería en tus brazos inmediatamente? Aunque sea ficción, me gustaría abrazarte, tocarte y besarte. Maldita Camila. Maldito el trabajo de una actriz enamorada.
- ¿No qué? ¡¿No qué?!
No puedo vivir lejos de vos. No puedo soportar que no te des cuenta de que me gustás. ¡Me encantás! ¿Es que nunca nadie te amó, Severino? ¿Soy yo la única que piensa que sos hermoso? ¿Cómo no te das cuenta? No puedo soportar más este calor…
- ¡No te amo!
Mirame a los ojos. Confidencias entre artistas colegas arriba de un escenario: sólo estoy actuando.
- No puedo vivir sin que me ames…
Yo tampoco.
- Alberto, no puedo forzar lo que siento.
¿Qué le costaba al dramaturgo de esta obra escribir un final feliz? Camila diciendo “bueno, sí, pensándolo bien sí te amo” y arrojándose simultáneamente a los brazos de Alberto. Desesperadamente necesito abrazarte, Severino. Y sacarme este traje, siento que voy a desmayarme…
- ¿Por qué no me amas?
Desmayarme… un accidente… involuntario, claro. Severino, ya no como Alberto, me tomarías en tus brazos y me atenderías. Y yo ya no sería Camila, sería yo. Pero “inconciente”.
- Alberto…
Me abrazarías, me recostarías sobre el suelo o el sillón.
- ¡Maldita!
Me abanicarías. Me desvestirías.
- Alberto, ¿qué haces?
Puedo esperar hasta que Alberto mate a Camila. Para no estropear la función… aunque la obra es bastante mala. Voy a esperar. No falta mucho.
- ¡Muere, Camila!
Ya está. Mi actuación supera a cualquier otra que haya dado en mi vida. Camila se retuerce durante sus últimos segundos de vida. Yo, me retuerzo exigiendo histéricamente que Severino me mire a los ojos, descubriendo el hambre verdadero detrás de mi personaje.
- ¿Qué has hecho?
Camila pide explicaciones mientras agarra la corbata de Alberto y se entrega a la muerte. Yo trato de seducirte mientras dejo al descubierto parte de tu pecho, y me entrego a todo lo que quieras hacerme. Ya no tengo ganas de fingir un desmayo.
- ¡Muere!
Sí… mejor me hago la muertita. Tu brazos varoniles sobre mi pecho, ejerciendo toda la fuerza posible. Reiteradamente, una y otra vez. Con ritmo. Respiración boca a boca. Lástima que la muerte no se puede fingir. Y aunque se pudiera no tengo coraje. Me falta valor para decirte todo lo que me gustás.
- Oh…
El último suspiro de Camila. Apagón. Aplausos interminables. No sé qué le ven de bueno a esta obra. El director es el primero en decirme que la de esta noche fue mi mejor actuación de toda la temporada. Claro que no estoy conforme. Cambio todo mi talento por el amor de Severino. Se lo tengo que decir…  ahora. Ahora que me está mirando.
- ¡Qué actuación la de hoy! Te felicito, Juli.
No, me equivoqué. No se lo voy a decir. Con eso me alcanza para diez años más de amor oculto. Ya tengo con qué alimentar mis noches de desvelo. Con este recuerdo que acabo de cosechar. Se lo diré otra vez, supongo…
- Gracias, Severino.