lunes, 18 de enero de 2010

Enano Lunar

- Malditos rusos asquerosos- farfullaba Eugene tapando el micrófono del transmisor.
- Eugene, ¿todo bien? Se oyen interferencias.
- Todo bien. – Pronuncia el hombrecito casi sin separar sus mandíbulas, luego de haber retirado la manga de su traje especial del micrófono.
- ¿Eugene? Responde, hombre.
La silueta macrocefálica se abalanzó sobre el tablero de comando y gritó con furia contenida.
- ¡Todo bien! ¡He dicho que está todo bien! ¡Aunque estaría mucho mejor si cerraras la boca esa que tienes!
Eugene, allí arriba, no se podía permitir ataques de ira. Cualquier movimiento brusco podría dañar el extremadamente complicado tablero que tenía en frente. Y de él dependía su vida. En el caso de avería, no sería capaz de arreglarlo. Claro, él no era uno de “esos estúpidos ingenieros, que crean máquinas peligrosísimas y no son capaces de probarlas ellos mismos”.
La angustia oral hizo que Eugene desee comer algo. Algo sustancioso, pero no pudo ser. Una cápsula roja y amarilla sale de su compartimento. Se oye un breve sonido del otro lado, del lado del Ingeniero en Tierra, quien le advierte:
- Eugene, ten cuidado, debes racionar las comidas, esta ya es la tercera en 12 horas.
- Maldición, cállate, que bien podría tirar todo tu inútil plan a la mierda. ¡A mí qué carajo me importan tú y la jodida superficie lunar!
El ingeniero podría haberse burlado de las mentiras que decía el pequeño cosmonauta. No había forma de que Eugene arruinara el proyecto sin quitarse la vida. Pero no, no se burló. “¿Quién dice que con tal de joderme el enano no es capaz de volar la puta nave, aunque le costara la vida?”, pensó. Y no volvió a decir una sola palabra durante largas horas.
Mientras, el pequeño y malhumorado pensaba. Miraba la inmensidad de su planeta y su perfecta redondez. Contemplaba la infinidad del espacio a su alrededor. Pero todo esto no le significaba nada. O, mejor dicho, no podía sacar nada positivo de todo ello, no era un hombre capaz de abordar profundos dilemas existenciales. En cambio su desproporcionada cabeza se atiborraba de odio hacia los que lo habían enviado en esa pequeña navecita hacia la luna. Ni siquiera el saber que ese viaje le daba la oportunidad de escapar a su condena a prisión por acoso sexual a señoritas. Claro que no recibiría ningún honor al volver a su planeta. Nadie debía enterarse de que era un enano el que manejaba esa “odiosa lata de sardinas”. Era necesario que pensaran que la nave era controlada a distancia desde la tierra, para hacer creer que la URSS aún tiene material para competir con EEUU en el área de la ingeniería astronáutica.

[CONTINUARÁ... si alguna vez tengo ganas de terminar la historia. ¿Una silla para que esperen sentados?]

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