miércoles, 25 de agosto de 2010

Hombre-ángel

Estaba en el colectivo y llegaba tarde a acordeón, como siempre. Nunca cambio, es siempre lo mismo conmigo. Boluda. Inútil. Pero me olvido fácilmente yo de los problemas. En efecto, ese día encontré el remedio a todos mis problemas. Tiene cara de Juan o de Pablo, pero no podría estar segura de su nombre real. Posiblemente trabaje en alguna oficina. Y en su tiempo libre le gusta escuchar música. Pearl Jam le queda bien. El remedio a todos mis problemas estaba en frente mío, claro que no tardé en darme por enterada de ello. Desde Venezuela y Entre Ríos hasta Acoyte y Rivadavia lo anduve mirando y observando. Sintiendo el efecto que tenía en mi organismo el saber que existía. Bailamos, obvio. Fue una danza de sonrisas y risitas. Él estaba escuchando a la Negra Bernacci, seguramente, por el horario y porque lo veo en esa onda. Y porque de vez en cuando contenía una risita pícara. Giraba un  poco la cabeza hacia la ventanilla para disimular pero ¿cómo iba a pasar cualquiera de sus gestos desapercibido para mí? Está de más decir que cada vez que sonreía o reía, yo reaccionaba de misma manera. Y así fue que bailamos. Definitivamente me supo llevar. Y en ningún momento se volteó para interrumpir con su mirada la mía. Se portó bien, no notó mi presencia. Se dejó estudiar e investigar dócilmente. Pero como siempre, llegó la hora de bajarse. Estaba 15 minutos tarde pero ya no me importaba. El remedio a todos mis problemas, él, parece tener efecto crónico. Todos los dolores que me puede llegar a provocar un mal irremediable, son curados con su recuerdo.

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