Stanislav [Stasik] no se había mudado aún, cuando en la habitación entró sigilosa Rimma. Fue recibida secamente.
-¿Te enfadas, Stasik? -preguntó la muchacha.
-No me enfado -respondió el polaco-, únicamente ruego que se me exima de la obligación de presenciar los excesos de su mamá de usted.
-Pronto se acabará todo -dijo Rimma-, pronto seré libre, Stasik...
Ella se sentó a su lado en el diván y le abrazó.
-Soy hombre -comenzó entonces a hablar Stasik-, este vegetar platónico no me va, por delante tengo una carrera...
Irritado decía las palabras que casi siempre se dicen a ciertas mujeres. No hay de qué hablar con ellas, fastidia gastar ternuras en ellas, pero ellas se resisten a pasar a lo fundamental.
Stasik decía que el deseo lo consumía; eso le impedía trabajar, le inquietaba; de una forma y otra, pero había que poner fin a la cosa; en cuanto a él, casi le tenía sin cuidado qué decisión, pero que se tomara alguna.
-¿A qué vienen aquí estas palabras? -profirió Rimma pensativa-. ¿A qué viene eso de que "soy hombre", de que "hay que acabar" no sé que? ¿A qué viene esa cara tan enfadada y tan fría? ¿Es que no se puede hablar de otra cosa? Es triste, Stasik. Estamos en primavera, es todo tan bonito y nosotros aquí riñendo...
Stasik no respondió. Ambos callaron. Junto al horizonte se apagaba un ocaso flámeo que arrebolaba de brillo escarlata el cielo lejano. En el otro extremo colgaba una penumbra ligera, que se iba espesando lentamente. La habitación quedó llena de la última luz rubicunda. En el diván Rimma se inclinaba más y más cariñosamente al estudiante. Ocurría lo que casi siempre les venía pasando a esa hora, la más hermosa del día.
Stanislav besó a la muchacha. Ella recostó la cabeza sobre el cojín y cerró los ojos. Ambos se inflamaron. A los pocos minutos Stanislav la besaba sin cesar y en un arrebato de pasión ciega e insaciada comenzó a zarandear por la habitación su cuerpo delgadito y febril. Le rompió la blusa y el sujetador. Rimma, con los labios secos y ojerosa, ponía sus labios a los besos y con una mueca retorcida, dolorosa, , protegía su virginidad. En uno de esos instantes picaron a la puerta. Rimma vagó aturdida por la habitación, apretando contra su pecho los jirones de la blusa destrozada.
Tardaron en abrir. Era un compañero de Stanislav. Aquél, con la burla apenas oculta en la mirada, siguió a Rimma, que se escurrió de la habitación. Pasó a ocultas a su cuarto, cambió de blusa y se apoyó en el cristal frío de la ventana para calmarse.
sábado, 10 de abril de 2010
Fragmento de "Mamá, Rimma y Ala"
[ I S A A C B A B E L ]
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