Capítulo II: Esposas como roscas
sábado, 31 de octubre de 2009
Las aventurad desgraciadas de Laurencio, Ciempiés y Romana": Capítulo II
Por Thais A. Gil Ares
Capítulo II: Esposas como roscas
Capítulo II: Esposas como roscas
Narrador: Tristes se embarcaron
hacia una extraña aventura.
Sus corazones llenaron
de coraje y bravura.
¿Qué es lo que les deparaba
el truncado destino?
Laurencio se preguntaba
“¿Es esto merecido?”
Las preguntas no tienen sentido.
Mejor es que enfrenten el camino.
Laurencio: Vida rutinaria yo llevaba,
un día igual al siguiente.
Nunca nada diferente…
¡Y yo me quejaba!
Ahora, no sé de qué,
si es mejor que esté,
aunque aburrido,
todo tranquilo.
Pero en cambio está torcido.
¡Qué le voy a hacer!
Ciempiés: Yo diría, señor,
que nos escondamos en un arbusto.
Laurencio: ¡Alimaña marrana!
¿Qué pasa Ciempiés?
No a mi hermana,
sino que ¿a mí me pretendés?
Ciempiés: ¡Oh amigo!
Me temo, no has entendido.
Escondámonos entre los yuyos
para librarnos de los guardias robustos.
Protectores del bienestar público
¡Pavadas!
Solo protegen al príncipe y al rico
¡Falacias!
Laurencio: Qué vergüenza siento
por haber pensado
que querías revolcarte
conmigo en el prado.
Ciempiés: No se quede preocupado…
Aunque pensándolo bien,
tal vez me hubiera gustado
con yuyo acariciarle la sien
Laurencio: ¡Qué horror!
Ciempiés: ¡Qué deshonor!
Laurencio: ¡Basta de amor!
¡Escondamonós!
Ciempiés: ¡Tarde, señor!
Un guardia nos vió…
Narrador: Con paso elegante
y gesto pedante
el guardia se acercaba.
Con voz irritante
y ojos rodantes
el Ciempiés gritaba.
Ciempiés: ¡Horror de los horrores!
Laurencio: Estaba pensando…
Ciempiés: ¡Malditos estos hombres!
Laurencio: Si bien estoy calculando…
Ciempiés: ¡En el infierno se doren!
Laurencio: ¿Por qué nos asustamos?
Ciempiés, amigo mío
¡Qué tontos hemos sido!
Nadie sabe, que estamos
a Rosendo buscando,
mucho menos estos guardias
que se acercan con… ¡lanzas!
Narrador: De verdad no sabían
los guardias, lo que querían.
Pero Laurencio, emocionado,
gritó demasiado.
Ahora sabían y los estaban buscando.
Guardia: ¡Alto ahí, por Rosendo!
Narrador: Gritó el guardia con desconcierto
Laurencio: ¡Estamos fritos!
Narrador: Laurencio dijo.
El guardia sacó las esposas.
Se las puso en las manos,
como roscas.
Pero bajo las lozas
las ratas se enteraron
y estaban como locas.
Laurencio pensaba,
mientras lo apresaban,
que no había esperanza.
¡No contaba con las ratas!
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario