viernes, 18 de septiembre de 2009

THAÎS, LA CORTESANA DE ALEJANDRÍA

Pafnuncio la llamó:

-¡Thaïs!

Ésta abrió los parpados y dirigió hacia la voz los globos blancos de sus ojos.

[…]

-¡Thaïs!-repitió el monje.

Thaïs levantó la cabeza; ligero hálito brotó de sus pálidos labios:

-¿Eres tu, padre? ¿Te acuerdas del agua de la fuente y de los dátiles que cogimos? Aquel día, padre, nací para el amor y la vida.

Callóse y dejó caer la cabeza.

La muerte se cernía sobre ella y el sudor de la agonía le coronaba la frente. Rompiendo el augusto silencio, alzó la quejumbrosa voz una tórtola. Después, los sollozos del monje se mezclaron con la salmodia de las vírgenes.

-Lava mis manchas y purifica mis pecados. Porque conozco mi injusticia y mi crimen se alza ante mí sin cesar.

De pronto Thaïs se irguió en el lecho. Sus ojos de violeta se abrieron extraordinariamente, y con la mirada arrebatada, tendidos los brazos hacia las lejanas colinas, dijo con límpida y fresca voz:

-¡Veo las rosas de la mañana eterna!

Brillaban sus ojos; leve ardor coloreaba sus sienes. Revivía más suave y más hermosa que nunca. Pafnuncio, arrodillado, la rodeó con sus negros brazos.

-¡No mueras!-gritaba con extraña voz, que ni él mismo conocía-. ¡Te amo! ¡No mueras! Oye, Thaïs mía, te he engañado; he sido un miserable loco. Ni Dios ni el cielo son nada. Nada es verdad mas que la vida de la tierra y el amor de los seres. ¡Te amo! ¡No mueras! Es imposible. Eres harto preciosa. Ven; ven conmigo y huyamos. Te llevaré en mis brazos muy lejos. Ven; amémonos. Óyeme, amada mía, y di: “Viviré, quiero vivir.” ¡Thaïs, Thaïs, levántate!

Y Thaïs no le oía. Sus pupilas flotaban en lo infinito, y murmuró:

-Se abre el cielo. Veo a los ángeles, a los profetas y a los santos. El buen Teodoro con las manos llenas de flores, está entre ellos. Me sonríe y me llama… dos serafines se me acercan. Ya están aquí… ¡Qué hermosos son!... Veo a Dios.

Exhaló un suspiro de alegría y su cabeza se desplomó inerte sobre la almohada. Thaïs había muerto. Pafnuncio la abrazaba desesperadamente, devorado por el deseo, la rabia y el amor.


[ A N A T O L E F R A N C E ]

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