viernes, 31 de julio de 2009

El Guardián entre el Centeno

Holden se levanta todos los días a las ocho de la mañana, justo una hora antes de que despierten los niños. Inmediatamente abre la ventana para observar el clima, y se alegra al ver que una vez más está brillando el sol, aunque sea pleno invierno. Luego, se viste mientras espera que hierva el agua para hacer té. Mira el reloj y observa que ya han pasado 15 minutos, y Alllie aún no ha salido de su habitación, entonces se para de la silla y se dirige hacia él, para comprobar que, otra vez, su hermano se ha quedado dormido. “Levántate, Allie -susurra Holden-, hoy será un día hermoso, levántate, no hagas esperar a los otros niños”. Entonces Allie se despereza y aparta sus cabellos rojos, que no le permiten comprobar lo que su hermano le acaba de decir: realmente es un día hermoso. Al volver a la cocina, ven como su hermana Phoebe prepara tostadas.
Una vez que terminaron de desayunar, Holden se calza su gorra de caza en la cabeza, y sale a trabajar. Al ver que algunos niños ya han empezado a revolotear por el campo, apura la marcha para llegar cuanto antes al precipicio. Es que los pequeños, al jugar, corren y corren, sin parar y sin rumbo, en el medio del centeno, que es tan alto que no les permite ver por donde andan. Y se olvidan del precipicio. Pero Holden, quien no puede apartar la mirada de ellos, quien no puede dejar de admirar su alegría y despreocupación, los vigila. En cuanto ve a uno de ellos dirigirse ciegamente hacia el precipicio, él sale corriendo desde donde esté para atraparlo y evitar que caiga. Y muchas veces, el niño a punto de caerse es su hermano Allie, y muchas otras, es su hermana Phoebe.
A pesar del trabajo duro que realiza, Holden nunca se cansa. De todas formas, su hermano DB suele pasar de vez en cuando a visitarlo y ayudarlo, pero ni bien se le ocurre un nuevo cuento abandona la tarea y corre para explayarse en un papel.
Al final del día, los niños, exhaustos, vuelven a sus hogares. Holden toma de la mano a Allie y alza a Phoebe en brazos. El guardián nunca se cansa de esta hermosa tarea. Una vez más, ha sido un día duro, pero hermoso… como todos, en aquel campo de centeno.

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