viernes, 31 de julio de 2009
Camilo, delirio.
Camilo, Camilo… con toda su hermosura, y ostentándola a cada paso, elegantemente. Siempre inmerso en su propio delirio.
Iba a ser la primera vez que encaraba así, de la nada e insospechadamente. Siempre me dijeron que si gustás de alguien, antes que nada tenés que hacérselo saber… y aunque en ese momento no encontraba razones suficientes para decírcelo (no lo quería a él, simplemente me atraía su extraña forma de ser y hablar, y su hermosura innegable), lo hice.
Llegó a mi lado y dijo la clase de delirios de siempre. Esa mezcla de estupidez, infancia y surrealismo. Irresistible. Empecé a observarlo. Mire sus ojos marrones, casi negros, a través del largo flequillo que caía sobre ellos. Su piel oscura, hermosa. El piercing en la ceja. Su espalda triangular. Sus elegantes brazos… sus elegantes brazos que, claro, no me abrazaban. En cambio, sostenían un vasito de vodka, puro. Su delirio soviético… él, el vodka y su delirio soviético. Exageradamente tentador.
Se dio cuenta de que lo estaba mirando, y para ocultar que soy una imbécil dije inmediatamente lo primero que se me vino a la cabeza.
- Te querés hacer el ruso, no te va a salir.
- Si -dijo sin interés. Claro, siempre tengo que arruinar todo. Menos mal que él prosiguió con lo siguiente- Cantame un canción.
Obvio, que la tarada de mi persona se puso a cantar. Una canción que, si bien no es muy melódica, tiene una frasecita hermosa que es justo para personas como él. Y no hay nadie como él. “Ay, chinito, dime que sí, abre el libro rojo para mí”.
Y sí que se abrió. El alcohol inevitablemente logró su fin último: hacer a la gente cometer idioteces, con la diferencia de que esta vez la perjudicada no era yo, y eso ya era un motivo para alegrarse. Y sí, se abrió a un beso largo y despreocupado. Y los elegantes músculos de su brazo finalmente se contrajeron rodeando mi cuerpito.
Iba a ser la primera vez que encaraba así, de la nada e insospechadamente. Siempre me dijeron que si gustás de alguien, antes que nada tenés que hacérselo saber… y aunque en ese momento no encontraba razones suficientes para decírcelo (no lo quería a él, simplemente me atraía su extraña forma de ser y hablar, y su hermosura innegable), lo hice.
Llegó a mi lado y dijo la clase de delirios de siempre. Esa mezcla de estupidez, infancia y surrealismo. Irresistible. Empecé a observarlo. Mire sus ojos marrones, casi negros, a través del largo flequillo que caía sobre ellos. Su piel oscura, hermosa. El piercing en la ceja. Su espalda triangular. Sus elegantes brazos… sus elegantes brazos que, claro, no me abrazaban. En cambio, sostenían un vasito de vodka, puro. Su delirio soviético… él, el vodka y su delirio soviético. Exageradamente tentador.
Se dio cuenta de que lo estaba mirando, y para ocultar que soy una imbécil dije inmediatamente lo primero que se me vino a la cabeza.
- Te querés hacer el ruso, no te va a salir.
- Si -dijo sin interés. Claro, siempre tengo que arruinar todo. Menos mal que él prosiguió con lo siguiente- Cantame un canción.
Obvio, que la tarada de mi persona se puso a cantar. Una canción que, si bien no es muy melódica, tiene una frasecita hermosa que es justo para personas como él. Y no hay nadie como él. “Ay, chinito, dime que sí, abre el libro rojo para mí”.
Y sí que se abrió. El alcohol inevitablemente logró su fin último: hacer a la gente cometer idioteces, con la diferencia de que esta vez la perjudicada no era yo, y eso ya era un motivo para alegrarse. Y sí, se abrió a un beso largo y despreocupado. Y los elegantes músculos de su brazo finalmente se contrajeron rodeando mi cuerpito.
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