lunes, 28 de junio de 2010
¡Jo!
Estamos en mi cuarto.
Yo, Holden y Filli que no llega más.
Yo, Holden y una caricia en la nuca.
Yo, Holden y mis uñas en su sien.
Yo, Holden y un besito en el cuello.
Y Filli que tarda mucho en llegar… bueno, nadie dijo que fuera fácil venirse desde las tierras salvajes de Belevé hasta la vieja y achacada Montserrat trayendo tres bicicletas a cuestas.
De todas formas ¿qué importa, una vez que ya llegaste, Filli?
Y estamos acá los tres. Ahora podemos ir a pedalear por donde queramos. Y la Filli está tan feliz de que llueva que su sonrisa es tan grande que le sirve de paraguas a Holden… hay que cuidar la salud del muchachito. ¡Jo! ¿Quién diría que llegaríamos a volar tan alto, tan lejos de la civilización?
Y todo está bien a pesar de que Filli tenga mal gusto para combinar sus medias con el resto de su indumentaria, de que Holden nunca se encontró a sí mismo y yo vivo sin una pizca de conciencia de la existencia de mi vida y las cosas. Todo está bien. Los problemas tienen la solución en sí mismos, tal es así que dejan de ser problemas. Y todo es parte del todo, único e inseparable universo lleno de materia y cosas raras. El gordo Buda hoy ilumina nuestro camino.
¡Jo! Qué imagen más hermosa los tres atravesando la selva solitaria. La Buenos Aires somnolienta que hoy dedica su noche y luz perpetua exclusivamente a nosotros tres. Y encima, todos los modelos y actores desde los afiches nos tiran besitos y nos piropean a mí y a Filli. Aunque siempre haya un abrazo de Holden por el cual nos podamos pelear, es lindo pasar esta noche con ella andando en bicicleta.
Dios nos espera en la puerta de la Bond Street fumando un cigarro. Nos dice que Joe Strummer tiene razón e hizo bien en advertirnos: en el Cielo no hay sector fumadores. Hay que aprovechar acá abajo para fumar por lo menos uno o dos cigarros… sólo si nos place de verdad. “Yo te dije, Filli” le digo. Pero Dios, que no sólo sabe todo, sino que opina acerca de todo también, no tarda en repetir tal como yo hago con las palabras: “Si les place de verdad, m’hijas, si les place de veritas”. Como Dios tiene un acento levemente mexicano Filli sale corriendo.
Se pierde por el sótano y el primer piso y difícilmente sepa cuál es cual dentro de la revolucionariamente conformista Bond Street.
Mas ¿qué importa, si al fondo de aquel pasillo está la tienda de Parnassus con un cartel de neón que dice “estos aros son re vos, Filli”
Holden te los regala, porque con toda la plata que le da la abuela, el hijoputa está forrado, y le da mil patadas que tus orejas estén desnudas.
Ahora es mi turno. Que pilcha, que discos, que mochila de Gogol Bordello (que viene con Eugene Hutz adentro)… ya estoy satisfecha. Están todos los seres durmiendo y el silencio del cemento es la música más preciosa que escuché jamás. Aquellos que nos atienden en las tiendas no cuentan como seres ni mucho menos como gente despierta. Son simplemente máquinas expendedoras de simpatía que me permiten decir que verdaderamente hoy todo el mundo duerme para nuestro bien.
Para terminar la noche felices, no puede faltar el aerosol para pintarrajear mi pieza. Una lástima que entre mi casa y la feria de aerosoles está el Obelisco y Holden cumple el ritual de llorar cada vez que la blancura de la cal del monumento contrastada por el rojo escarlata de la sangre de algún policía que se sentó en su punta le recuerde a la palidez de las pieles y el colorado del pelo de Allie y Phoebe. La de recién fue una frase muy larga… espero que me puedas perdonar.
Claro que el espíritu de Filli es noble y compasivo (con cierto club de gente muy exclusiva), por eso se detiene a consolarlo. Yo en cambio, que vivo la vida como si fuera sólo agua y aire, no puedo parar de correr alrededor del obelisco proclamando a la Nación bicentenaria Argentina que el obelisco me hace acordar a una verga. Y si no hubiera escrito lo que acabo de escribir, tal vez hasta no me molestaría que papá Carli leyera toda esta oda a Holden, la noche, Buenos Aires y, por sobre todo, a Filli.
Y finalmente en casa otra vez, ella, quien por hoy solamente recibió de Dios un talento único para dibujar las imágenes más hermosas y realistas a cambio de un Virginia Slim, me deja para siempre retratados a nosotros tres andando en bici sobre el asfalto húmedo que hoy había en Belevé. También me deja una corona y tres esqueletos que Basquiat le había regalado en Rivadavia y Combate de los Pozos. Filli me los trajo escondidos adentro de una botella de ouzo (wikipedia dice que se escribe así) griego, por eso no me había enterado de que los tenía.
Y aunque mi cabeza esté llena de chichones porque la Filli me hace volar incluso estando bajo techo (es una ansiosa, siempre le pido que espere a que abra el balcón antes de hacerme levitar pero nunca se aguanta) sacando los promedios esta fue de esas noches lindas y urbanas que solo Holden y ella me pueden regalar. Gracias gracias gracias, Filli, por esta y todas las que vendrán.
Yo, Holden y Filli que no llega más.
Yo, Holden y una caricia en la nuca.
Yo, Holden y mis uñas en su sien.
Yo, Holden y un besito en el cuello.
Y Filli que tarda mucho en llegar… bueno, nadie dijo que fuera fácil venirse desde las tierras salvajes de Belevé hasta la vieja y achacada Montserrat trayendo tres bicicletas a cuestas.
De todas formas ¿qué importa, una vez que ya llegaste, Filli?
Y estamos acá los tres. Ahora podemos ir a pedalear por donde queramos. Y la Filli está tan feliz de que llueva que su sonrisa es tan grande que le sirve de paraguas a Holden… hay que cuidar la salud del muchachito. ¡Jo! ¿Quién diría que llegaríamos a volar tan alto, tan lejos de la civilización?
Y todo está bien a pesar de que Filli tenga mal gusto para combinar sus medias con el resto de su indumentaria, de que Holden nunca se encontró a sí mismo y yo vivo sin una pizca de conciencia de la existencia de mi vida y las cosas. Todo está bien. Los problemas tienen la solución en sí mismos, tal es así que dejan de ser problemas. Y todo es parte del todo, único e inseparable universo lleno de materia y cosas raras. El gordo Buda hoy ilumina nuestro camino.
¡Jo! Qué imagen más hermosa los tres atravesando la selva solitaria. La Buenos Aires somnolienta que hoy dedica su noche y luz perpetua exclusivamente a nosotros tres. Y encima, todos los modelos y actores desde los afiches nos tiran besitos y nos piropean a mí y a Filli. Aunque siempre haya un abrazo de Holden por el cual nos podamos pelear, es lindo pasar esta noche con ella andando en bicicleta.
Dios nos espera en la puerta de la Bond Street fumando un cigarro. Nos dice que Joe Strummer tiene razón e hizo bien en advertirnos: en el Cielo no hay sector fumadores. Hay que aprovechar acá abajo para fumar por lo menos uno o dos cigarros… sólo si nos place de verdad. “Yo te dije, Filli” le digo. Pero Dios, que no sólo sabe todo, sino que opina acerca de todo también, no tarda en repetir tal como yo hago con las palabras: “Si les place de verdad, m’hijas, si les place de veritas”. Como Dios tiene un acento levemente mexicano Filli sale corriendo.
Se pierde por el sótano y el primer piso y difícilmente sepa cuál es cual dentro de la revolucionariamente conformista Bond Street.
Mas ¿qué importa, si al fondo de aquel pasillo está la tienda de Parnassus con un cartel de neón que dice “estos aros son re vos, Filli”
Holden te los regala, porque con toda la plata que le da la abuela, el hijoputa está forrado, y le da mil patadas que tus orejas estén desnudas.
Ahora es mi turno. Que pilcha, que discos, que mochila de Gogol Bordello (que viene con Eugene Hutz adentro)… ya estoy satisfecha. Están todos los seres durmiendo y el silencio del cemento es la música más preciosa que escuché jamás. Aquellos que nos atienden en las tiendas no cuentan como seres ni mucho menos como gente despierta. Son simplemente máquinas expendedoras de simpatía que me permiten decir que verdaderamente hoy todo el mundo duerme para nuestro bien.
Para terminar la noche felices, no puede faltar el aerosol para pintarrajear mi pieza. Una lástima que entre mi casa y la feria de aerosoles está el Obelisco y Holden cumple el ritual de llorar cada vez que la blancura de la cal del monumento contrastada por el rojo escarlata de la sangre de algún policía que se sentó en su punta le recuerde a la palidez de las pieles y el colorado del pelo de Allie y Phoebe. La de recién fue una frase muy larga… espero que me puedas perdonar.
Claro que el espíritu de Filli es noble y compasivo (con cierto club de gente muy exclusiva), por eso se detiene a consolarlo. Yo en cambio, que vivo la vida como si fuera sólo agua y aire, no puedo parar de correr alrededor del obelisco proclamando a la Nación bicentenaria Argentina que el obelisco me hace acordar a una verga. Y si no hubiera escrito lo que acabo de escribir, tal vez hasta no me molestaría que papá Carli leyera toda esta oda a Holden, la noche, Buenos Aires y, por sobre todo, a Filli.
Y finalmente en casa otra vez, ella, quien por hoy solamente recibió de Dios un talento único para dibujar las imágenes más hermosas y realistas a cambio de un Virginia Slim, me deja para siempre retratados a nosotros tres andando en bici sobre el asfalto húmedo que hoy había en Belevé. También me deja una corona y tres esqueletos que Basquiat le había regalado en Rivadavia y Combate de los Pozos. Filli me los trajo escondidos adentro de una botella de ouzo (wikipedia dice que se escribe así) griego, por eso no me había enterado de que los tenía.
Y aunque mi cabeza esté llena de chichones porque la Filli me hace volar incluso estando bajo techo (es una ansiosa, siempre le pido que espere a que abra el balcón antes de hacerme levitar pero nunca se aguanta) sacando los promedios esta fue de esas noches lindas y urbanas que solo Holden y ella me pueden regalar. Gracias gracias gracias, Filli, por esta y todas las que vendrán.
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